Chechenia, un territorio de rango menor y que, administrativamente, pertenecía a la Federación Rusa, declaró unilateralmente su independencia un mes antes de la desaparición de la URSS. La pequeña república autónoma estaba gobernada por Dzhojar Dudáev, un general de división de la aviación soviética que, apoyándose en una formación política de reciente creación, Nacional del Pueblo Checheno, había disuelto, en septiembre de 1991, el SovietSupremo de la entonces República Autónoma de Chechenia-Ingushetia.
En octubre de ese año convocó y ganó unas elecciones que pocos dudaron en calificar de fraudulentas, comenzando así una etapa marcada por el autoritarismo y el culto a la personalidad, así como por una umento de la actividad de las redes mafiosas que controlaban buena parte de la maltrecha economía chechena. Yeltsin, por su parte, se mostró claramente incapaz de resolver el entuerto checheno y se dejó convencer por el llamado “partido de la guerra”, compuesto por el ala dura de sus consejeros, ardientes partidarios de dar un escarmiento militar a la bravuconería de Dudáev.
Y la guerra comenzó en diciembre de 1994.Como era de esperar, el control del petróleo, en manos de redes mafiosas chechenas ya en 1994, pasó a las no menos mafiosas redes rusas o, en su defecto, a “consorcios” de señores de la guerra ruso-chechenos. El oleoducto Bakú-Novorossiisk, a su paso por Chechenia, fue en parte desenterrado y las fugas aparecieron por doquier para surtir a todo tipo deorganizaciones criminales. Pero el gran bocado eran los pozos de petróleo, convertidos por las autoridades chechenas, y después por los federales rusos, en moneda de pago de favores y,por supuesto, en botín de guerra.

La periodista
Anna Politkóvskaya, asesinada en 2006, testimonió que, en 2000, durante la segunda guerra, la corrupción en torno al petróleo adoptaba las mismas formas que a mediados de los noventa:“
Otro indicio sobre los posibles intereses petrolíferos de los hombres uniformados es la ausencia de batallas en las proximidades de los pozos. Aquí no se ven edificios destruidos.Ambos bandos han protegido los asentamientos, tanto los federales como los combatientes chechenos. Las tropas federales sólo vienen a realizar sus ‘operaciones de limpieza’ cuando la población se indigna ante la barbarie de las bandas criminales”. En 1996, un frágil tratado de paz, que certificaba la derrota militar rusa, dio paso a un período de caos interno en Chechenia y de resentimiento mal disimulado en Moscú.
Poco después, en 1999, cuando el teniente coronel Vladímir Putin fue nombrado primer ministro y candidato a la presidencia, el ejército federal volvería a bombardear, con saña desmedida, Chechenia. Y la “amenaza del terrorismo checheno” se convirtió en trampolín electoral para Putin. En agosto – septiembre de 1999, un comando checheno dirigido por Shamil Basáev entra en Daguestán con el objetivo de crear un “califato del Cáucaso”. Al mismo tiempo, varias explosiones en edificios de viviendas provocan, principalmente en Moscú, más de trescientas víctimas civiles. Sin entrar a valorar las versiones que apuntan a la participación de los servicios secretos rusos en la colocación de esas bombas, lo cierto es que la respuesta del Kremlin fue tajante: han sido terroristas chechenos. En septiembre comienzan los bombardeos y la guerra de Chechenia se convierte en el único tema de la campaña electoral.
Putin se encuentra cómodo ante una situación que le permite mostrar su dureza y determinación ante los enemigos de Rusia. No había muchas otras situaciones en las que Vladímir Putin se sintiera “cómodo” en público, así que se dispuso a sacar el máximo partido a un enfrentamiento que, en esas circunstancias, no se molestó en intentar evitar. Los primeros meses de la guerra cumplirán diversos objetivos propagandísticos. Por una parte, transformar a Putin en el garante de la lucha contra la inseguridad, sentimiento que se había apoderado de la ciudadanía rusa tras las explosiones. Por otro lado, la guerra se propaga también como un ajuste de cuentas que borrase de la historia la humillante derrota que había sufrido el ejército ruso durante la primera guerra. Para conseguir estos objetivos, era importante ofrecer, antes de las elecciones de marzo, una victoria militar (o al menos la imagen mediática de la misma) y, sobre todo, no dejar ver, como había ocurrido en la primera guerra, los fracasos militares en televisión. Y los rusos contemplaron esa victoria a través de todos los canales nacionales, que habían sido previamente purgados de propietarios y periodistas díscolos.